abril 11, 2018

Cuéntame tu historia


Las historias de Colombia y la Biblia

Milton Acosta, PhD
Nunca había sido tan importante conocer la historia de Colombia como en este momento. Las discusiones que se dan en este país en torno al acuerdo de paz entre el gobierno del presidente Santos y las FARC lo evidencian. Cuando los detractores de este acuerdo hacen su tarea, los defensores sacan a relucir el otro acuerdo (2002-2006), entre el presidente Uribe y las AUC. Aparte de que tienen en común la A y la C, fueron acuerdos muy diferentes; por eso el tira y afloje en que no se puede criticar al último sin criticar al anterior.

El que se siente aludido al oír de las imperfecciones del acuerdo del gobierno de Uribe con las AUC saca a relucir un acuerdo anterior, con el M19, gracias al cual Petro es quien es hoy. Esto se hace para descalificarlo de la contienda electoral porque gracias al acuerdo no pagó por los delitos cometidos siendo miembro activo del grupo guerrillero M19, especialmente la toma y destrucción del Palacio de Justicia en 1985.

La pregunta que surge es pues, ¿hasta dónde debemos remontarnos en la historia para determinar qué es impunidad en Colombia? La discusión tendría que pasar por temas como el latifundismo, sobre cómo se obtuvieron y se repartieron las tierras desde Simón Bolívar o antes, tierras que originalmente pertenecían a los indígenas, que fueron masacrados, expropiados violentamente y esclavizados; la organización de grupos armados, llamados “chulavitas” y “pájaros”, un año después del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril de 1948; el nacimiento de las guerrillas; el tema de la esclavitud de africanos y las secuelas que vemos de eso hasta el día de hoy. En fin, la impunidad, la corrupción y la injusticia son marcas esenciales de nuestra historia que debemos examinar con cabeza fría, sin los apasionamientos propios de las discusiones políticas y las contiendas electorales. 

Las deudas históricas son muchas y grandes todas. ¿Hasta dónde nos remontamos en la historia para poder entendernos? El propósito de este ejercicio de muy largo aliento no es alcanzar la uniformidad ideológica, sino que tengamos una base histórica mínima común sobre la cual entablar una conversación en la que todos nos identifiquemos con las mismas vergüenzas que debería producirnos tanta maldad, para que a partir de allí podamos unirnos en la búsqueda del bien común para una base más amplia de colombianos. La comodidad en la que vivamos y el lado de la historia que nos haya tocado probablemente serán los factores que determinarán qué tanto nos podría interesar este ejercicio.

La situación actual de Colombia nos permite ver que los colombianos no tenemos una historia compartida, sino múltiples versiones creadas con fragmentos seleccionados según la conveniencia política, económica y social, y a las que se adhieren muchos sin saber quién ni cómo se armó la versión de preferencia. Lo bueno de esta situación es que nos estamos dando cuenta de la importancia de nuestra historia. Lo malo es que una historia mínima común demora muchos años en construirse o nunca se construye; y una vez construida, florecerán las revisiones a partir de visiones fundamentadas en modelos políticos, económicos y sociales diversos.

Si algo podemos aprender de la Biblia, sea uno creyente o no, es la capacidad de los escritores para registrar la historia de sus vergüenzas, incluyendo a los grandes líderes. El más emblemático de todos es quizás David, a partir de quien se construye un enorme andamiaje teológico de fe y esperanza de salvación. Pero no se deja por fuera que fue también asesino, mal padre y corrupto. Igualmente se preservaron las historias de los profetas y sus mensajes, donde denunciaron toda suerte de masacres, de injusticias, de corrupción política y religiosa. El pueblo de Dios, ¡y de este la élite!, guardó todas estas historias por largos años. Y cuando estaban en la peor crisis de su historia, con todas las instituciones destruidas y exiliados en Babilonia, decidieron contarlas y decir juntos, ¡esta es nuestra historia! ¡Qué loco sería el día en que los colombianos llegáramos allá!

marzo 21, 2018

Tienda de valores

Los valores de los cristianos colombianos

Milton Acosta, PhD

En una conocida revista de investigación y opinión en temas de política (“La silla vacía”) ha salido un artículo que analiza la participación de los cristianos en las elecciones del 11 de marzo de 2018 para el congreso de la república de Colombia («El voto cristiano se desinfló» 2018). Sobresale allí un tema de interés: los valores cristianos. El artículo señala que a los cristianos les interesa la constitución heterosexual de la familia y la defensa de esto significa entender la familia según lo dice la Constitución colombiana y las leyes divinas. El artículo añade que por eso se movilizaron los cristianos en contra de las cartillas del Ministerio de educación en 2016 y en contra del Acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, también en 2016, porque ambos promovían la ideología de género; ideología en el sentido de “thin ideology” (Freeden 2003, 98).

Señala además el artículo dos cosas fundamentales en cuanto a los valores cristianos: que en los demás temas los cristianos votan como el resto de los colombianos y que como en las elecciones para el Congreso no había “ningún tema que pusiera en juego directamente los valores cristianos, los feligreses se abstuvieron de votar o votaron por otros candidatos más ligados a los liderazgos locales de sus barrios.” El propósito del artículo es cuestionar el supuesto “poder electoral” de los cristianos. Eso para algunos es motivo de celebración y para otros de preocupación. Pero el artículo muestra algo más grave todavía: la exclusión de valores cristianos fundamentales en la teología y la agenda política de los cristianos.

¿Cómo puede un cristiano afirmar que el único tema relacionado con los valores cristianos es la familia? Preguntemos, por ejemplo, si una familia no tiene con qué comer por causa del modelo económico que promueve el presidente y aprueban los congresistas, ¿de qué sirve que esa familia esté constituida por papá y mamá? ¿De qué sirve defender el matrimonio heterosexual en un país donde se abusa sexualmente de dos niños por hora (El Tiempo 2017), en la mayoría de los casos en su propia casa y en hogares que son o fueron originalmente heterosexuales?

El propósito de estas preguntas no es, como correrán algunos indignados rasgándose sus vestiduras a acusarme, defender la ideología de género, sino simplemente señalar el orden de la importancia de las cosas o por lo menos la igualdad en la importancia de los valores. El modelo económico es un asunto fundamental en la Biblia porque pertenece a la esencia del pensamiento bíblico sobre la justicia social: la combinación de justicia y derecho, misericordia y paz (Wright 1996, 153-68).

Si para los cristianos los valores cristianos se limitan a la defensa de la familia y si defensa de la familia se entiende solamente como la defensa del matrimonio heterosexual, los cristianos necesitamos volver a la Biblia. Defender la familia significa también defender la justicia social, lo cual a su vez significa promover y procurar un modelo económico incluyente y solidario (como dice la Biblia mucho antes de que aparecieran la izquierda, Marx y el socialismo). Si no nos gustan los candidatos que promueven este tipo de agendas, entonces es nuestro deber exigírsela a los candidatos que sí nos gustan. Es decir, donde los cristianos tengamos alguna influencia, es nuestro deber promover los valores cristianos en proporción a su importancia en las Escrituras.

La reducción de los valores cristianos a unos pocos temas explica por qué los cristianos en los demás temas votan como el resto de los colombianos, sin tener en cuenta la enseñanza bíblica sobre la justicia social; por un puesto, por “hacerle un favor” a un familiar o a un vecino, o por el resto de razones que ya conocemos. Así, la forma como participamos los cristianos en política demuestra que verdaderamente somos colombianos.

Un señor llegó a comprar en una tienda llamada “Pueblo de Dios”. Se acerca al mostrador y pregunta:  
¿hay verdad?
no, no hay;
¿hay misericordia?
no, no hay;
¿hay conocimiento de Dios?
–tampoco hay.
Bueno y, ¿ustedes qué es lo que venden? (Oseas 4:1-2).


marzo 07, 2018

Durante mi gobierno



Durante mi gobierno

Milton Acosta, PhD
Los mandatarios tienen tres discursos, uno cuando son candidatos, otro cuando están en el poder y otro cuando son viudos del poder. Existe, además, un discurso del que no se ocuparán jamás los mandatarios, sino los historiadores independientes, los profetas y los poetas. Es decir, las voces que los cristianos poco escuchan, especialmente en época de elecciones.
El candidato tiene una virtud que solo le dura mientras es candidato, escuchar a la gente. Recorre todo el territorio nacional para enterarse de las injusticias y las carencias que sufre el pueblo. Es tan tierno y cariñoso el candidato. Pero no es porque le importe la gente, sino porque ese es el arsenal retórico perfecto para su discurso contra el mandatario de turno. Así logra tocar las fibras más sensibles del pueblo para que vote por él. Esta estrategia, acompañada de otras argucias y artificios, se ha usado hasta en las monarquías desde tiempos antiguos, como lo muestra Absalón, un hombre tierno con la gente, y con lindos cabellos y caballos (2 Samuel 14—15).
Cuando un mandatario está en el poder, hablará de todo lo bueno que ha hecho. Toda la producción de flores de exportación para San Valentín y el día del amor y la amistad no le serán suficientes para echárselas encima. Hablará de la casita que le construyó a la viejita que conoció en una visita. Cuando este mandatario se acerca al ocaso de su periodo, las flores las amarrará con una cinta de sobriedad y hablará, si tiene una pizca de humildad, de lo que faltó por hacer.
Una vez salido del poder, la memoria del exmandatario se vuelve aún más selectiva; recordará que durante su gobierno solamente ocurrieron cosas buenas. Ante cualquier crítica o acusación formal, alegará que esta se hace por la ignorancia y lo maldadoso del crítico o por persecución política del ente acusador. ¿Qué hacemos?
Por obvias razones, en la Biblia no tenemos historiadores en el sentido moderno ni posmoderno de la palabra, pero sí existe una capacidad aleccionadora para justipreciar a los líderes. Miremos un caso.
Antes de ser rey, Jehú fue general. Llegó al poder por elección divina; fue ungido por instrucciones del profeta Eliseo, quien a su vez recibió instrucciones de su padre espiritual Elías, quien a su vez había recibido instrucciones de Dios para tal efecto. Larga es la cadena de mando espiritual, pero todo esto se presenta en el texto bíblico como muestra de la legitimidad de Jehú como gobernante (2R 9—10).
La misión de Jehú es acabar con el poder que tiene oprimidos a los israelitas en lo social, económico y religioso. Para Jehú, un hombre pragmático, de nada vale hablar de paz mientras no se eliminen las fuerzas opresoras, las cuales, a su entender, se limitaban a los que estaban en el poder; es decir, Acab y Jezabel.
Con seguridad, Jehú podía llenarse la boca diciendo: “Durante mi gobierno acabé con Acab y Jezabel; durante mi gobierno se redujeron las muertes de profetas del Señor; durante mi gobierno se destruyeron los altares idolátricos; durante mi gobierno…”. Ya conocemos estos discursos. Es muy probable que Jehú tuviera muchos seguidores en su tiempo, los cuales le habrían aplaudido sus hazañas militares y la seguridad (¿monárquica?) que les devolvió; los hechos estaban ahí y no se podía negar.
Sin embargo, los escritores bíblicos se dieron cuenta de que a este cuento le faltaba un pedazo, importante por cierto. Si un gobernante se ufana de las cosas buenas que ocurrieron durante su gobierno, aunque no las haya hecho todas personalmente y con sus propias manos, también debe hacerse responsable de lo malo que ocurrió durante su gobierno. No esperamos que el mismo exmandatario lo haga; ese es un tipo de milagros que no ocurre. Por eso necesitamos oír otras voces, las de los escritores.
La Biblia nos presenta dos modelos de evaluación para el caso de Jehú, quizá tres. El primero es el registro de la historia de Jehú como buen cumplidor de su misión, pero con su respectiva apreciación crítica. Jehú pasó de ser ungido de Dios a responsable de masacres. Y no solamente eso; practicó los mismos males que supuestamente combatía.
El segundo modelo es del profeta Oseas (cap. 1), quien inicia su profecía hablando precisamente de Jehú y sus masacres. Es posible que Oseas tenga más información de la que conocemos por 2 Reyes, porque a favor de Acab y Jezabel no podía estar.
No esperamos que esta forma bíblica de justipreciar a los mandatarios sea acogida por quienes no se identifican con la fe bíblica, pero por los que sí, sí, porque creemos en un Dios cuyo trono se fundamenta en la justicia y el derecho (Sal 89), no en nacionalismos, ni en emociones o rabias a las que nos induzcan los políticos. Lo que ocurre, desafortunadamente y como ocurrió en la Biblia, es que este mensaje no lo escucha la mayor parte de la generación que lo vive. La profecía de Oseas ocurre unos sesenta años después de Jehú y la historia de los reinos de Israel y Judá no se compone sino mucho tiempo después de Oseas. Pero la valoración que ambos hacen de Jehú solamente fue posible porque hubo algunos que no le creyeron a Jehú cuando dijo: “Durante mi gobierno…”. Gracias a esos, quizá pocos, es que hoy podemos leer esto en el texto bíblico y aprender nosotros la lección, o la generación que sigue, o después…
El tercer modelo de valoración de los mandatarios es el de los poetas, que en la Biblia lo tenemos en los Salmos, los cuales hacen parte del culto y de la piedad personal. ¡Cuánto bien nos haría a los cristianos leer los Salmos en el culto! Esta es una forma bíblica de hablar de política en comunidad, la oración. No le hubiera quedado mal a Jehú escuchar el salmo 147. La valoración que hacen de los gobiernos historiador, profeta y poeta se fundamenta en la palabra del Señor y se centra en la justicia social a favor de los pobres (Salmos 72 y 82). Decir otra cosa, sería otro discurso, que no escucharemos durante mi gobierno. ©Milton Acosta 2018